El santuario: UN LUGAR
El boliche República Cromañón está ubicado en la calle Bartolomé Mitre 3060, entre las calles Ecuador y Jean Jaurés en el barrio de Once de la Ciudad de Buenos Aires. La noche del 30 de diciembre, toda la calle y hasta dos cuadras para cada lado, mostraba un caos de cuerpos tirados (vivos y muertos), gente corriendo, otra desorientada y perdida, gritos y desesperadas búsquedas. Ante la increíble demora, ineficacia e incompetencia de quienes debían dirigir el operativo de emergencia, muchos chicos que habían salido con vida volvían a entrar buscando amigos y parejas, o salvando desconocidos. Se calcula que el 40% de los fallecidos perdieron la vida intentando salvar otras.
Una vez despejada el área por personal policial muchas horas después, las dos esquinas próximas a la puerta del local fueron valladas. En una de ellas, la de Bartolomé Mitre y Ecuador, se llevaron las zapatillas, remeras y camisetas que quedaron tiradas en el lugar…también fotos, las primeras que se conseguían, flores, dibujos y cartas…
Y fue la continuidad de toda esa trágica situación de las muertes, pero más aún la continuidad de la heroica actuación de muchos de los vivos, su entrega sin cálculos, lo que dio origen al santuario.
Y quienes formamos parte de esta absurda historia, sus víctimas, podemos mirar ese lugar, sentirlo profundamente nuestro, pensar y tratar de articular un pequeño relato de sus significados. Necesitábamos algo más que el grito y la desaparición, la muerte y la desesperación para fundarnos en nuestra nueva identidad: necesitábamos un lugar.
El lugar es fundante, está erigido para defenderse contra las amenazas internas y externas, contra la desintegración. Mantener el santuario es vital para conservar la presencia y correr a la ausencia al rincón del llanto y la falta en lo cotidiano. No es como el cementerio, lugar para el encuentro individual con el ausente, lugar para el llanto personal, lugar donde se le reconoce a cada uno la morada, para quedarse quieto allí. Necesitábamos un lugar para no yacer, para permanecer andando, para sostener el reclamo colectivo que supere el llanto y la desgracia.
El mundo evidentemente no es como queremos que sea. El santuario refleja lo que queremos conservar, lo que debe ser guardado, no porque sea bueno, es porque tiene algo de ellos, que es de nosotros, algo que nos queda y no permitiremos que terminen de sacarnos. Más allá y más acá del acontecimiento, es necesario fundar lugares que puedan ser pisados y que remitan a la presencia, más que a la ausencia. El lugar es un origen. Necesitamos reconocernos en un lugar, un punto de partida, que puede ser a la vez de llegada, como se plantea en las marchas de aniversario.
Es un espacio rearmado, pensado desde un no pensamiento, negado de racionalidad. La racionalidad absurda, la del cálculo, nos llevó a la estupidez de la muerte de los nuestros. El santuario construye un lugar en medio del no lugar de la vía pública: aquella que la ciudad necesita para proteger la circulación, la velocidad, el pasar sin mirar, cumpliendo horarios, compromisos, trámites. ¿Qué trámite puede llevarse puesta la necesidad de detenerse para pensar en ellos, en nosotros sin ellos?
El mundo racional, que nos rodea y nos provocó esta inútil tristeza, parece tener ciertas medidas, nosotros mostramos que no son reales, que las podemos refabricar, hay otra medida, la que construimos, la que transitamos en lentitud, en espera, en silencio acompañado, la del recuerdo que se pierde, (no podría ser de otra manera) en un tiempo otro, tiempo de llorar, de recordar.
No es un lugar de conocimiento, no es posible conocer a quienes hoy lloramos y extrañamos. Tampoco a los que se sientan al lado nuestro. Es lugar de reconocimiento, de encuentro, de congoja, de compañía. La calle cuando marchamos, las reuniones, los acontecimientos que sembramos alrededor de la memoria sí producen conocernos, afianzarnos, proyectarnos en un futuro. Hay allí lugares que construimos móviles, cambiantes, mirados por la gente, con dolor o con vergüenza, que sienten a veces con algo de bronca hacia nosotros, porque no entienden su propio sufrimiento y prefieren esconder la pequeña complicidad con lo horrendo o que son pequeñas víctimas de lo mismo pero por hoy en dosis pequeña.
¿Qué significa la defensa del lugar consagrado? ¿Podrán entenderlo los demás? Podría pensarse en la totalidad inversa que representan los ataques recibidos. ¿Por qué nos atacan en el santuario?; ¿por qué han intentado destruirlo, por qué movilizan a los vecinos para su levantamiento? La conciencia de articularse en una identidad fuerte, que permite contar las fuerzas para una lucha siempre es peligrosa.
También en el santuario construimos una imagen y nos construimos allí volcando nuestras miradas hacia abajo, mientras ellos cobran altura, apilamos sus cosas, que suben, se remontan. ¿Qué información portan las fotos, los carteles, las escrituras desprolijas, las zapatillas apiladas o colgadas en los cables? ¿Qué nos dicen, de qué hablan los rostros hermosos, presentes de desesperada ausencia? Es un lugar para aferrarse a sus sonrisas, sus frases preferidas, sus gustos, sus canciones, sus grupos musicales, sus equipos, sus barrios. No importa cuál fuera en ningún caso, están allí para tener algo suyo, para decirle a quien se anime a mirar, ¡éste era mi chiquito! (aunque fuera un grande) ¡esto que está aún en este mundo era de él, era lo que él amaba; por eso él está todavía entre nosotros! ¡Vaya si lo está! Cada uno de ellos está cada día, en cada hora, cada cielo día o noche, bajo lluvia. Y allí permanecerá, hasta que la vergüenza de los hombres intente también asesinar esta presencia, la que nos dejaron. ¿Quién habita este lugar? ¿Qué hacemos allí cuando estamos y cuando nos preocupamos por él? ¿Qué pueden observar quienes lo “visitan”? ¿Qué ojos miran qué? No nos preocupa entender, no justificamos su existencia, no hace falta. Aquellos que requieren explicarlo, lo ponen en la razón, no comprenden y no lo harán. Es el lugar para testificar que ellos estuvieron y nos continuarán, aunque cada uno de nosotros falte o abandone.
El santuario es como un cuerpo colectivo y a la vez de cada uno de ellos. Es el cuerpo reconstruido luego de su destrucción: es el cuerpo que entre todos los que aún estamos recreamos para ellos que no están; su cuerpo que nos ha abandonado pero permanece aquí. Aún con sus defectos, con sus partes feas. Aún sucio y roto.
Las sombras y las luces se combinan, se alternan, lo mismo que el frío y el calor, es pura vida, ese cuerpo social que es cada uno de ellos y es todos. Ese todos es su fuerza, es la más trágica expresión de su fortaleza: haber muerto juntos, juntados por lo más estúpido que haya producido la ciudad, este planeta, el día actual. El cuerpo de todos ellos, amontonado, sin orden previsible, se ha transformado en único monumento, en una presencia inevitable, que muchos preferirían no ver. En su permanencia se juega la autoridad, de algún modo el destino de lo que seremos capaces de construir: manda la memoria o la vergüenza, el horror que impide olvidar o el que produce la huida, la presencia que hace ver, o la ceguera de ignorar. ¿Podremos mantener el lugar de encuentro para poder salir a caminar, como hacemos cada mes, el destino del aliento que sostiene una plegaria, semanalmente convocada, la reunión de la fuerza que hace falta para juntarse a gritar y tratar de entender el absurdo? ¿O se impondrá la necesidad de negar, de decir: “ya pasó, hagan otra cosa”?
¿Será cierto que los asesinos vuelven al lugar del crimen? Estemos atentos, en el santuario podremos encontrarlos.